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BENJAMÍN PRADO
Echad la música al fuego
EL PAIS 18/06/2009 |
La película ya la
habíamos visto y por eso podemos apretar
el botón de forward, pasarla a cámara
rápida y entender lo que ocurre: un
coche aparca a las puertas de un
edificio emblemático de la ciudad, se
bajan de él un político y un banquero,
uno con una lata de gasolina y otro con
una cerilla en la mano; entran en una
sala del Colegio Mayor San Juan
Evangelista, le prenden fuego a los
instrumentos de la orquesta y vuelven a
casa para contar su dinero, mientras a
sus espaldas arden la guitarra de Paco
de Lucía, la trompeta de Dizzy Gillespie,
el taburete en el que se sentó Camarón
de la Isla, el micrófono de Astrud
Gilberto de Enrique Morente de Joaquín
Sabina de Silvio Rodríguez; el xilofón
de Milt Jackson, la batería de Art
Blakey & The Jazz Messengers, el saxo de
Dexter Gordon de Joe Henderson de
Ornette Coleman...
Los del 'Johnny' van a coger su fusil,
pero no deben de estar seguros de a qué
dianas disparar
Creo que con eso basta para que se vea
lo que va a pasar con el San Juan
Evangelista, el Johnny, que por otra
parte es lo mismo que va a ocurrir con
el teatro Albéniz y que antes ha
ocurrido con tantos otros lugares de la
cultura devorados por la barbarie, que
los considera nidos de números rojos,
espacios que producen más molestias que
dividendos y que, llegado el caso, hasta
pueden crearles problemas, porque su
clientela está formada por
intelectuales, y esa gente tiene la mala
costumbre de pensar y, en los casos más
graves, de defender sus ideas en
público. Intolerable.
Vivimos presos de lo que tenemos, es
decir, de la propiedad privada, que lo
justifica todo. Si la pagoda del
arquitecto Fisac tiene dueño, ese dueño
la puede tirar; si el teatro Albéniz
tiene propietarios que pagaron por él,
qué van a hacer las administraciones
públicas para evitar que lo echen abajo;
si Unicaza es la propietaria del San
Juan Evangelista, cómo evitar que lo
cierren, qué tienen que ver la Historia
y la Cultura con la Economía. Es cierto,
no tienen nada que ver, porque unas
creen en el valor de las cosas y la otra
sólo cree en su precio.
En el Johnny hubo toda esa música que ha
sonado al principio de este artículo, y
mucha más, y también fue el centro de
gravedad del teatro independiente en
tiempos en los que la independencia era
un delito, y por allí asomaron Els
Joglars, Esperpento, Tábano, La Cuadra
de Sevilla, Els Comediants... El Johnny
es un lugar con tanta historia que a
todo lo que se dice de él hay que
ponerle unos puntos suspensivos.
Los alumnos y antiguos alumnos del San
Juan Evangelista ponen carteles en la
Ciudad Universitaria y van a la Feria
del Libro a buscar firmas que se sumen
al coro que dice que el Johnny no se
cierra, pero se cerrará, igual que el
Albéniz. Y se cerrará porque en nuestro
país no hay nada que pueda oponerse a la
propiedad privada, no se hacen leyes que
defiendan nuestro patrimonio cultural,
porque en la Comunidad de Madrid nunca
se pone el sol y un mono podría
atravesarla saltando de Burger King en
Burger King.
Desde que el Johnny abrió su Club de
Música y Jazz en 1969, por ahí ha pasado
la crema de la intelectualidad de cada
época, porque sus rectores siempre han
entendido que de lo que se trata es de
abrir el piano de Chick Corea y
encontrar dentro el de Diana Krall, como
me dijo ayer, con su clásica manera de
hablar, mi amigo Juan Urbano, que
recuerda con nostalgia, y con un
pesimismo por adelantado en los ojos, la
vez que vio allí a Chet Baker, entre
otras.
Los del Johnny van a coger su fusil,
pero no deben de estar muy seguros de a
qué dianas disparar. ¿La culpa es de la
Comunidad, del Ayuntamiento, de Unicaja..?
Si me permiten un consejo, no se
preocupen de quién puede tirar el
edificio, sino de quiénes pueden
evitarlo, porque ésa es la clave. "Yo
también creo que al final harán lo que
hacen siempre, que es cargárselo", me
dice Juan Urbano al teléfono, mientras
escribo esta columna, "pero ¿y si no
fuera así? ¿Y si, por una vez, los
oradores escucharan, y se diesen cuenta
de que esto no puede ser, y terminaran
por sacar una ley que obligase a quien
compra un teatro a mantenerlo como un
teatro, o a mantener la actividad
cultural de una sala de conciertos?". Le
respondo que es difícil, porque no lo
hacen ni con los hospitales, y ahí
tienes el Puerta de Hierro para
demostrarlo, pero.... Ah, no, iba a
escribir que la Esperanza es lo último
que se pierde, pero por ahí no paso. De
ninguna manera.
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