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EL MUNDO / CAMPUS
MIÉRCOLES 20 DE NOVIEMBRE DE
1996
Recordando a Godot
“EL BRUJO” |
Corrían los años
sesenta y allí estaba la puerta de
Alcalá viendo pasar el tiempo. Era
cuando Pepe Monleón tenía el pelo largo
como un jefe sioux, los “grises” vestían
de gris y todavía llevaban caballos
dispuestos para el ataque en el “campus”.
“Los policías –decíamos entonces- están
con los banqueros, los estudiantes están
con los obreros”. Sepa Dios dónde y con
quién estarán hoy aquellos policías y
aquellos estudiantes, algunos de los
cuales me consta que son banqueros.
¿Y el teatro? ¿Dónde y con quién estaba
el teatro? El comercial estaba donde
siempre, en la cartelera, y casi como
siempre. Eso sí, había más locales. A
veces irrumpía el viento huracanado de
la libertad creadora: Nuria Spert,
Victor García, “Las criadas”, de un
autor maldito, cuya universidad había
sido la cárcel y que según rumores era
“pederasta”; yo miré el diccionario por
si aquella palabreja significaba alguna
nueva corriente teatral de vanguardia, y
ya ví que no. En cualquier caso honra y
gloria a la memoria de Jean Genet.
Para mi el teatro fue un camino para
salir del mundo en el que vivía, a otro
mundo en el que empecé a vivir a salto
de mata, una forma de iniciación a
tantos aspectos de la vida. Empecé
contagiado en un ensayo de José Carlos
Plaza: El Tercer Reich, de Bertold
Brecht.
Yo iba a clase de Derecho Administrativo
cuando no sé qué extraño impulso me
llevó a abrir la puerta del salón de
actos del CMU San Juan Evangelista,
donde yo vivía, y allí estaban de buena
mañana con las luces apagadas, tumbados
en el escenario y emitiendo extraños
sonidos. A partir de entonces quedé
envenenado. Luego allí mismo se fundó
“El Corral de Comedias” por donde
pasaron todos los grupos históricos:
Tábano, TEI, Goliardos, Teatro Libre,
etc. Empecé mi peregrinación con Artaud,
Brecht, Alfonso Sastre, (quien me iba a
decir a mi que luego haría mía su
Taberna Fantástica) Sartre, Camus, Valle
Inclán, Meyer-hold, Gordon Graig y,
sobre todo, Stanislawsky. Entre los
teatreros de entonces los había de este
último y de Grotowski; yo era más de
Grotowski, me atraían el Living Theater
y Juan Margallo. Pero también Garisa,
Marsillach y Quique Camorras. Las
representaciones eran un pretexto para
acabar a pedradas con la Policía, que
solía rodear el local y colaborar así a
intensificar el “climax dramático”.
Luego todo fue serenándose y el teatro
cogió su sitio, ese lugar que la
sociedad reserva para este arte, un poco
venerado y un poco marginado. Desconozco
la afición de los universitarios de hoy
hacia el teatro. Sé que cuando
represento mis obras de “metateatro” en
la universidad la acogida es fantástica.
Me huelo que una nueva etapa se abre
para este viejo arte, a las puertas del
año 2000. Quizá entre los mutantes de la
era ciberespacial haya una nueva
especie, los teatreros, que encuentre el
sentido y la utilidad de un gesto
desnudo bajo una luz cenital en un
espacio vacío. Ese será otro teatro y
espero gozarlo y participar en él.
RAFAEL
ÁLVAREZ “El Brujo” ha encarnado, entre
otros papeles, el Lazarillo y la Sombra
del Tenorio
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